02/04/2012

Las horas más lindas


3.15 am

Sencillamente no puedo dormir. Lo terrible está en que mañana, quiero decir más tarde, me esperan cantidades de actividades. Ir al mercado con el pequeño Will, comprar: harina, gluten, huevos, aceite. Preparar la lasaña para las visitas que serán, al parecer, ocho. ¡Ocho! Y yo sigo despierto y pensando en esas visitas. Ojalá venga Úrsula. Con ella serían nueve, pero para mí seríamos dos, ella y yo, los demás se degenerarían convenientemente en adornos parlantes. Lo más probable, sin embargo, es que Úrsula no quiera verme más tarde, ayer no conseguí hacerla feliz con mis historias. Además ella se quedó dormida antes de los masajes, y cuando se despertó yo era quien roncaba como un hombre gastado. Luego me desperté y Úrsula ya no estaba, había huido por los desfiladeros.
Tampoco contestó a mis llamadas.
Pero Úrsula no me desvela ni me preocupa tanto en estos momentos. Escribir, eso sí me preocupa. No estoy apurado por escribir, el tiempo es una sombra de mediodía. No es prisa, es ansiedad. Sucede que no concibo una vida lejos del teclado, cuando dejo de escribir comienzo a morirme. Y llevo ya varios días agonizando en mi habitáculo, retorciéndome como un cerdo. Hasta huelo a descompuesto. Las palabras se me escapan hediondas de las manos. Escribir de forma esporádica estos últimas días le resulta peligroso a este mortal madrugador, en vez de relatos dejo testamentos de defunciones.
Qué demonios: tengo que dormir, pero también tengo que escribir. No pretendo dormir poco. Detesto la sensación de no estar descansando lo suficiente. Mínimo ocho horas. Mínimo. El que poco duerme vive cansado.
Mañana, ya lo decidí, no voy a cocinar, hace unas horas sí quería, pero ya no, al menos, claro, que venga Úrsula a visitarme, entonces sí cocinaré –y con gusto– y procuraré portarme como un hombre sociable delante de los invasores. Espero que contestes el teléfono, cariño. Te llamaré a las nueve; si vienes, iré al mercado en el acto de la mano del pequeño Will, ya sabes, lo de siempre, para que me ayude a escoger los tomates; si no vienes, está bien, dormiré más, roncaré más.
Pienso ahora en los invitados: Karen, Adolfo, Ximena, David, Juan Carlos, Julia, Camila y Melissa, no creo que sean mis amigos… Qué tontería, definitivamente Juan Carlos no es amigo mío. Juan Carlos había vivido enamorado de Úrsula durante meses y no tuvo el decoro de decírmelo, a mí, su entonces secretista, qué hubiese hecho yo por él, desde luego no mucho, pero algo se me hubiera ocurrido, una solución que nos haga felices a ambos. Que Juan Carlos haya estado intentando seducir a mi novia es, hasta cierto punto, entendible y hasta perdonable, Úrsula es hermosa, demasiado para mí (los dos estamos de acuerdo en esto); pero la seducía en secreto el miserable, disfrazado de inocencia que es por lo demás repugnante. No obstante, por ese tiempo cayó en desgracia, desde que se murió Cardoso, su pastor alemán, se le moriría de cansancio, de viejo, de pena, en fin… todos los perros mueren tristes. Pero el animal representaba el espíritu aventurero de Juan Carlos, la soledad lo alcoholizó y lo sacó a golpes del trabajo y ya no tuvo tiempo para querer a Úrsula. De todo esto me vine a enterar ayer, hecha anticipadamente las invitaciones a los comensales de mañana, entre los cuales se hallaba este indeseable, cuando Úrsula me contó, medio sonámbula todavía, acerca de la correspondencia que mantuvo durante meses con Juan Carlos. ¿Te llegó a gustar?, indagué. Sí, siempre me había gustado Juancito, se veía…, no sé, ¿obtuso?
Si no escribo, me lanzaré por la ventana.
Apropósito de mi ventana, no la he cerrado en todo el verano. Apropósito del verano, no me he vuelto a poner pantalones desde Enero. Ahora, por ejemplo, estoy calato. Sigo mi instinto. Todo me cuelga del cuerpo. Todo me crece.
¿Qué sería, me digo, si nadie llegase para el almuerzo más tarde? Llevaría la comida a la casa de mi abuela pobre, la mamá de mi mamá. Después me quedaría a admirando su miseria que es abundante. ¿Dónde se encuentran tus hijos, mamita? Todos vivos, papito, confirmándose en la iglesia, fuertes en el Señor.
Ya está: mañana iré a ver a mi abuela aunque llegue todo el mundo para celebrar mi cumpleaños. Confío en que Juan Carlos jamás llegue a ningún lado. También mañana, diré más tarde, volveré a escribir, para eso tengo que evitar a las visitas… ¿alcanzaría, acaso, a escribir con tanta gente penando por la casa? Imposible. Me desacomodarán el escritorio, dañarán mis libros, usarán mi computadora, husmearán entre mis apuntes. Solamente Úrsula podrá salvarme del desasosiego. Dónde estás, querida. ¿Vamos a ver a la abuela?
Todos duermen, pero la noche aquieta más a los noctámbulos. Nada más apacible que la oscuridad natural. El silencio es cómodo. Qué importante resulta el silencio para mí, me ayuda mucho a pensar y a resolver los enigmas de mi existencia. Lo que sigue es una tautología: la noche es silente. Aprendí a valorarla en la pubertad cuando resolví convertirme en escritor. No debería dormir ahora, más bien debería escribir sin reparos, resucitar, resucitar a ese joven imberbe maravillado con los inmejorables relatos de Borges y Conrad, y compadecerme de los minotauros y marinos que han olvidado el coraje de sus años mozos, divagaré de nuevo por derroteros desconocidos de Andalucía, Yonville y el Congo, feliz, con el sol cayendo ante mis ojos, meditando en los cantos de sirenas carnívoras y la afectuosa compañía de Sancho.

Lima, 2012

29/02/2012

Madrugadas


Uno
En el Facebook: converso con Juan Martínez toda la madrugada. Hablamos de literatura y de nada más. Por ratos dejamos la conversación en stand by porque ocurre uno que otro accidente automovilístico en las contradictorias avenidas del centro de Lima, se murieron cientos en un terremoto, se celebraron centenarios en la plaza de armas, entrevistó a un ex ministro de economía, se incendió una casa, los jóvenes del Movadef pintaron las paredes de un colegio en el Agustino para pedir la amnistía de todos los acusados d terrorismo, sobre todo, la de Guzmán, escribió una crónica con más adjetivos que sustantivos, hizo requisas en el Hueco. Esta vez Juan no dice adónde irá ni qué ha acontecido afuera, simplemente se va prometiendo regresar lo antes posible. Supongo que espera que encienda la radio y escuche su voz a través de ese aparato que ya hasta olvidé como se usaba. Solamente cuando Juan aparece como desconectado vuelvo a abrir los archivos que tengo apilados de mis clientes y me pongo a trabajar pensando en los muertos de los que me hablará Juan más tarde.

Dos
Me llama Juliana a la una. Sabía que estabas despierto, tú nunca duermes. No es verdad, yo duermo cuando el sol araña mis ventanas, y duermo bastante bien. Me cuenta de sus hombres, son tres: un ex, un amante y el oficial. El oficial es amigo mío, por eso le pido que ya no me hable de los otros dos, pero Juliana necesita contárselo a alguien sino se muere, dice. Se pone a llorar, se queja de ser muy desdichada en el amor, me pregunta si no me apetece que nos viéramos para conversar más tranquilamente, por ejemplo, en un hotel.

Tres
Úrsula está cociendo. Imagino que cuando vivamos íntegramente juntos me tendré que acostumbrar al sonido de su máquina. Le dejo un mensaje en el inbox que no me responderá hasta la tarde.

Cuatro
Leo.

Cinco
Tengo dos clientes, uno se ha vuelto mi amigo, se llama Marcos, es argentino. Le escribí el año pasado una novela romántica. Por cosas de la vida, Marcos me ha quedado debiendo un dinero que me pagará de a pocos, de cien en cien, ha prometido. Lo he llegado a querer con el tiempo, si no me llegase a pagar lo convenido, no pretendo perderlo como amigo. El otro se apellida Ruíz, es boliviano, se vanagloria de haber salido en la televisión de su país, piensa que un libro le dará todavía más reputación. Yo intento desengañarlo, pero no se deja.

Seis
Busco comida en la cocina. A veces llego tarde y me encuentro con una cucaracha chupando mi pan francés. No la molesto, se lo ha ganado, ha sido más astuta que yo. Lo que no tolero es cuando paren las cucarachas, no tienen pudor ni de desembarazarse en pleno pasadizo. Ahí sí las mato, las aplasto con mis medias no sin dejar de sentirme un genocida, malvado corazón ambientalista. Cada vez que sucede me acomodo en la oscuridad de la sala por unos minutos antes de volver a Kafka y la vez que Gregorio amaneció como cucaracha y no quería ser descuartizado por los hombres. ¿Y si mañana cambio de forma?, me pregunto sin sentirme estúpido, qué pasaría si Úrsula me encuentra chupando un pan en vez de morderlo.

Siete
Extraño a mis amigos: Antíoco, David y Julián. Aunque ninguno parece interesarse más en mí. No debieron casarse, el matrimonio o, más bien, sus esposas, los alejaron de mí.

Lima, 2012 

27/02/2012

Relatos


Estoy que me muevo entre dos mundos que son dos relatos. El primero empieza con un suicidio en un barrio de Chaclacayo, un escritor que se vuela los sesos de un balazo. El segundo acontece en Kansas City, en un hotelito alejado del centro. Atrás quedaron otros proyectos, otros relatos, cinco, para ser precisos. Algún día los retomaré, cuando gane coraje y pueda imponer mis condiciones a esos bandidos de los personajes. A medida que avanzo se descontrolan, hacen lo que quieren, me objetan, razonan conmigo, se burlan de mi supuesto conocimiento del curso de la historia. Así no se vale, yo quiero terminar mis historias, pero tengo que luchar todo el tiempo contra esos inmorales. Es una lástima esto que me pasa. Úrsula tampoco puede ayudarme, es más, me irrita que se haga la comprensiva conmigo y me hable con tanto afecto al verme derrotado.
Le he mandado una carta a Rocío contándole estas cosas. No he querido llamarla, no es lo mismo. El teléfono falsea las voces, a partir de ahí todo se corrompe; en cambio, ¿quién no puede ser transparente por escrito? En la oficina de correos me dijeron que la carta demoraría tres días hasta Santiago. Ya han pasado dos semanas. Quizá la carta no ha llegado todavía o Rocío no quiere responderme, que es lo más probable. Debe seguir enojada conmigo. La otra vez leí una entrevista que le hicieron para una revista de literatura de México. Había una foto de ella con una biblioteca de fondo. Al pie de la imagen había una leyenda que decía que la foto había sido capturada en el estudio de la escritora. Yo no recuerdo que Rocío tuviera una biblioteca en su estudio, pero han pasado algunos años desde que nos conocimos en la feria del libro de Santiago y nos permitimos unas tazas de café en ese mismo estudio donde fabricaba sus poemas.
Debo huir con Úrsula a alguna parte, lejos, muy lejos. Lima me está robando las ideas, todo es mugre y bulla, esto está bien para informarse y protestar, para un trabajo previo de observación y aprendizaje, pero no para escribir. Para mí, al menos, no. Me refiero a que yo necesito respirar otros aires más livianos para escribir con un poco de fluidez, para terminar estos relatos facinerosos que por lo común me desvelan.
Estoy haciendo las averiguaciones pertinentes, ya tengo dos opciones: San Pedro o Lurín. Se lo he hecho saber a Úrsula, y ella dice que da lo mismo, que en esos viajes lo único que me importa es escribir y conversar con gente desconocida, quizá ni vaya. Definitivamente –pienso– no da lo mismo como dice Úrsula: San Pedro suena a monasterio, a domingo de mañana, demasiado católico; Lurín es más bien un apellido amigable. Lurín será.
Son las once. Los gatos en la azotea empezaron a aparearse. Escucho hasta aquí sus gemidos calenturientos. Pocos animales aparecen en mis historias, debería incluirlos más seguido. El vecino, por ejemplo, cría gallos en su casa para las peleas. Úrsula quiere un pequinés, como si ella se responsabilizara por Mudito, nuestro conejo. Pobre Mudito, tiene pulgas, muchas pulgas, el pelaje se le está cayendo de tanto rascarse. Los gallos del vecino cantan a las cuatro de mañana y luego a las seis; durante el día, no obstante, enmudecen, seguramente duermen. Tengo un primo que canta como esos gallos, el talento lo ha sabido manejar y se ha vuelto reguetonero. Cuando nos vemos me saluda con cariño, me dice hermano, hermano en la lírica.
Maldita sea, tengo que dormir, mañana tengo que ir temprano a recoger a los padres de Úrsula al aeropuerto. El papá de Úrsula es un personaje de uno de mis relatos, el señor Alcántara, así le he puesto en la ficción al señor Rosales, y lo he implicado en la muerte del escritor como responsable de que se suicidara. Ojalá lo pueda meter a la cárcel, quiero decir al señor Alcántara. No te me escaparás esta vez, mañana iré a estudiarte, a mirar cómo frunces el ceño, cómo sonríes, cómo caminas, cómo hablas, te haré muchas preguntas y después escribiré sobre ti, ya verás, ya verás...

Al corazón de María
Lima, 2012

25/02/2012

Plan H


Humanoide desmemoriado y desnudo, dudaba, razonaba que la noche estaba lejos, en el cielo. Intentó acostarse remangándose la piel que le protegía el glande. Era feo, como él, como todo, como la mañana de los gatos. Apestaba, además. Inclinó su cabeza para decidirse escribir sobre sus muslos. Pensó que no encontraría otro modo de entregarse a la literatura que encarnándola. Lamió la punta del bolígrafo y empezó a redactar la historia de un hombre que, aunque lo intentaba con ahínco, no podía congraciarse con sus progenitores. Sangró con las últimas palabras. Quiso averiguar si la historia trataba de él o de otro ser inanimado, pero la mañana ya acosaba a las tinieblas que que hasta ese momento gobernaban el cielo, y tuvo que apresurarse para descender a los abismos.

Lima, 2012

25/01/2012

Panteón


Sábado por la tarde. Decido salir a dar una vuelta en vez de quedarme en casa releyendo Madame Bobary. Me pregunto cómo Vargas Llosa la leyó más de seis veces, estaré haciendo algo mal, no he podido disfrutarla como la primera vez. Cuando pienso en el pésimo lector que se esconde detrás de esta fachada de escribidor comienzo a desesperarme.
Por eso salgo a la calle, para distraerme de las lecturas, para aclararme. Afuera no es menos difícil vivir, hay tanta gente. En cada paso advierto algo distinto, me cautivan los aires del invierno, me parten la piel. Las demás personas no lo saben, pero yo los observo: padecemos juntos la misma enfermedad, escuchamos la misma música, bailamos mal, enamoramos a la vecinita más linda, nos reventamos las pústulas frente al espejito portátil, secretamente nos acomodamos el sexo con las manos en los bolsillos, renegamos, improvisamos una mejor vida –o lo que creemos que sería mejor para nosotros, claro–, pedimos limosna con un hijo de alquiler, salimos a correr con la guata fofa estabilizada maquiavélicamente por una faja con pega-pega, contamos el mismo secreto a todos los amigos, alabamos el buen gusto nuestro para escoger los jeans que tan bien nos forma la parte de atrás, silbamos a esas nalgas de vedette, a esas tetas de vedette –éstas últimas más apreciadas y, por lo mismo, carentes–, nos preocupamos por los hijos, nos preocupamos por los hijos de nuestros hijos, tejemos una chompita para el nietecito con las últimas vislumbres que nos otorga la vida o más bien las córneas, caemos, nos levantamos, volvemos a caer, precisamos de dinero para pagar al banco, imitamos el caminar de nuestros padres, nos confunden con otro, con otra, hacemos amigos con cautela como si ese otro ser humano fuese un traidor potencial o un sinvergüenza, gateamos, crecemos, que es una forma diplomática de llamar a la vejez temprana, envejecemos, a saber, desde que nacemos, a cada instante, parecemos ignorar nuestro destino pero lo cierto es que no somos tan despistados como para olvidarlo, simplemente nos aprovechamos de la vida para vengarnos anticipadamente de la muerte, intentamos hacer de ella –de la vida, se entiende– una experiencia trascendente, plena, que no niegue a su aciago final del todo pero que lo acepte con estoicismo.
Parezco ya un observador tácito y omnipresente, ¿será todo esto una novela? ¿Acaso Dios es un escritor? Y la pregunta más importante: ¿estaré pensando como un escritor? Bah, filosofía barata, me siento idiota. Quiero regresar a casa, caminar por esta ciudad que no es mía me entorpece (aunque desde luego me alegra). Mi existencia se limita a las lecturas y al confinamiento. Aquí, afuera,  puedo observar a todos, y los jaujinos se comportan igual que los limeños. Ya sé a dónde ir..
Me acerco a un kiosco para pedir referencia.
–Buenas, señora.
–Sí, joven, qué desea.
–¿Está usted viva?
–Ni modo que vaya a estar muerta –dice sonriendo. Puedo ver a través de la comisura de sus labios un diente de oro y otro picado–. Ya pe, joven. Qué quiere.
–Quiero ir al cementerio –le digo–. Pero no al de la ciudad sino al mejor cementerio de los alrededores.
–Ay, joven –suspira–. En Chocón está lo que buscas. Antes salían carros desde la plaza hasta Chocón, pero ya no ya. Como nadie vive en Chocón, pe.
–¿Cómo llego?
–Caminando llegas, joven. Debes cortar por el monte que está allacito, ¿ves? –afirmo con la cabeza, es un monte empinado– En media horita llegas al pueblo. Allá buscas tu cementerio.
–Gracias.
–Chamán debe ser usted, ¿no, joven?
–No.
Por la forma en que me mira entiendo que no me cree. Por qué debería creerle a alguien que camina por la plaza de la ciudad en pijama.
–Una cosa más, señora.
–Dígame, a ver.
–¿Usted conoció a Mayta, sabe algo de él? –pregunto y me siento cada vez más idiota, ¿acaso Mayta alguna vez existió?– Quizá no se llamó Mayta, ese nombre le pusieron en la novela de Vargas Llosa; pero aquí en Jauja hubo un levantamiento armado dirigido por dos adultos y algunos colegiales. Uno de los adultos era Mayta, con otro nombre, claro.
–¿Hablas de los terrucos?
–Sí.
–No sé nada. Como dijiste levantamiento armado pensé en los terrucos, pero no sé nada. Le digo una cosa: en Chocón encontrará lo que busca usted, joven. Allá en el cementerio encontrará respuestas. ¿Vive en Lima, no?
–No, ya no. Estoy mudándome aquí. Pienso escribir una novela y me urge estar lejos de Lima.
Un cliente, un hombre delgado abrigado por una casaca marrón de cuero, interrumpe nuestra plática. No espero a que se vaya y me despido de la señora con la mano alzada. Adiós, joven. No se haga bolas, me grita, sea feliz. Deje de desconfiar tanto de la gente, preocúpese de usted. Mírese nomás, ni siquiera se ha peinado. Vuelvo sobre mis pasos hasta la plaza, diviso el monte empinado, su altura me subyuga. Mejor regreso a casa, a reencontrarme con Emma.

Jauja, 2011