3.15 am
Sencillamente no puedo dormir. Lo terrible está en que mañana, quiero decir más tarde, me esperan cantidades de actividades. Ir al mercado con el pequeño Will, comprar: harina, gluten, huevos, aceite. Preparar la lasaña para las visitas que serán, al parecer, ocho. ¡Ocho! Y yo sigo despierto y pensando en esas visitas. Ojalá venga Úrsula. Con ella serían nueve, pero para mí seríamos dos, ella y yo, los demás se degenerarían convenientemente en adornos parlantes. Lo más probable, sin embargo, es que Úrsula no quiera verme más tarde, ayer no conseguí hacerla feliz con mis historias. Además ella se quedó dormida antes de los masajes, y cuando se despertó yo era quien roncaba como un hombre gastado. Luego me desperté y Úrsula ya no estaba, había huido por los desfiladeros.
Tampoco contestó a mis llamadas.
Pero Úrsula no me desvela ni me preocupa tanto en estos momentos. Escribir, eso sí me preocupa. No estoy apurado por escribir, el tiempo es una sombra de mediodía. No es prisa, es ansiedad. Sucede que no concibo una vida lejos del teclado, cuando dejo de escribir comienzo a morirme. Y llevo ya varios días agonizando en mi habitáculo, retorciéndome como un cerdo. Hasta huelo a descompuesto. Las palabras se me escapan hediondas de las manos. Escribir de forma esporádica estos últimas días le resulta peligroso a este mortal madrugador, en vez de relatos dejo testamentos de defunciones.
Qué demonios: tengo que dormir, pero también tengo que escribir. No pretendo dormir poco. Detesto la sensación de no estar descansando lo suficiente. Mínimo ocho horas. Mínimo. El que poco duerme vive cansado.
Mañana, ya lo decidí, no voy a cocinar, hace unas horas sí quería, pero ya no, al menos, claro, que venga Úrsula a visitarme, entonces sí cocinaré –y con gusto– y procuraré portarme como un hombre sociable delante de los invasores. Espero que contestes el teléfono, cariño. Te llamaré a las nueve; si vienes, iré al mercado en el acto de la mano del pequeño Will, ya sabes, lo de siempre, para que me ayude a escoger los tomates; si no vienes, está bien, dormiré más, roncaré más.
Pienso ahora en los invitados: Karen, Adolfo, Ximena, David, Juan Carlos, Julia, Camila y Melissa, no creo que sean mis amigos… Qué tontería, definitivamente Juan Carlos no es amigo mío. Juan Carlos había vivido enamorado de Úrsula durante meses y no tuvo el decoro de decírmelo, a mí, su entonces secretista, qué hubiese hecho yo por él, desde luego no mucho, pero algo se me hubiera ocurrido, una solución que nos haga felices a ambos. Que Juan Carlos haya estado intentando seducir a mi novia es, hasta cierto punto, entendible y hasta perdonable, Úrsula es hermosa, demasiado para mí (los dos estamos de acuerdo en esto); pero la seducía en secreto el miserable, disfrazado de inocencia que es por lo demás repugnante. No obstante, por ese tiempo cayó en desgracia, desde que se murió Cardoso, su pastor alemán, se le moriría de cansancio, de viejo, de pena, en fin… todos los perros mueren tristes. Pero el animal representaba el espíritu aventurero de Juan Carlos, la soledad lo alcoholizó y lo sacó a golpes del trabajo y ya no tuvo tiempo para querer a Úrsula. De todo esto me vine a enterar ayer, hecha anticipadamente las invitaciones a los comensales de mañana, entre los cuales se hallaba este indeseable, cuando Úrsula me contó, medio sonámbula todavía, acerca de la correspondencia que mantuvo durante meses con Juan Carlos. ¿Te llegó a gustar?, indagué. Sí, siempre me había gustado Juancito, se veía…, no sé, ¿obtuso?
Si no escribo, me lanzaré por la ventana.
Apropósito de mi ventana, no la he cerrado en todo el verano. Apropósito del verano, no me he vuelto a poner pantalones desde Enero. Ahora, por ejemplo, estoy calato. Sigo mi instinto. Todo me cuelga del cuerpo. Todo me crece.
¿Qué sería, me digo, si nadie llegase para el almuerzo más tarde? Llevaría la comida a la casa de mi abuela pobre, la mamá de mi mamá. Después me quedaría a admirando su miseria que es abundante. ¿Dónde se encuentran tus hijos, mamita? Todos vivos, papito, confirmándose en la iglesia, fuertes en el Señor.
Ya está: mañana iré a ver a mi abuela aunque llegue todo el mundo para celebrar mi cumpleaños. Confío en que Juan Carlos jamás llegue a ningún lado. También mañana, diré más tarde, volveré a escribir, para eso tengo que evitar a las visitas… ¿alcanzaría, acaso, a escribir con tanta gente penando por la casa? Imposible. Me desacomodarán el escritorio, dañarán mis libros, usarán mi computadora, husmearán entre mis apuntes. Solamente Úrsula podrá salvarme del desasosiego. Dónde estás, querida. ¿Vamos a ver a la abuela?
Todos duermen, pero la noche aquieta más a los noctámbulos. Nada más apacible que la oscuridad natural. El silencio es cómodo. Qué importante resulta el silencio para mí, me ayuda mucho a pensar y a resolver los enigmas de mi existencia. Lo que sigue es una tautología: la noche es silente. Aprendí a valorarla en la pubertad cuando resolví convertirme en escritor. No debería dormir ahora, más bien debería escribir sin reparos, resucitar, resucitar a ese joven imberbe maravillado con los inmejorables relatos de Borges y Conrad, y compadecerme de los minotauros y marinos que han olvidado el coraje de sus años mozos, divagaré de nuevo por derroteros desconocidos de Andalucía, Yonville y el Congo, feliz, con el sol cayendo ante mis ojos, meditando en los cantos de sirenas carnívoras y la afectuosa compañía de Sancho.
Lima, 2012